Investigación militante: teoría, práctica y método

Fuente: Clacso

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En las disputas por el futuro de las sociedades latinoamericanas, los sujetos se enfrentaron fuertemente en el campo de la política y de las ideas. Movimientos sociales y movimientos intelectuales se confundieron en dinámicas continuas de retroalimentación. En el embate con visiones elitistas y positivistas, emergió ya en el siglo XIX una rica tradición de pensamiento social y político interesada en comprender profundamente las raíces de los problemas enfrentados (Zea, 1964). Adentrados en el siglo XX, el pensamiento crítico se fortalece y se consolida en la región, buscando construir formas de conocer la realidad para conseguir transformarla a través de la praxis, rechazando aplicaciones mecanicistas de interpretaciones foráneas de carácter conservador e imperialista (Valdés, 2003).

La lucha contra los diferentes tipos de colonialismo y de imperialismo y por la liberación de los pueblos sirvieron como gérmenes para la construcción de un pensamiento crítico que conectase la reflexión intelectual con la actuación política transformadora. De este modo, se erige un pensamiento comprometido con el cambio social y con las luchas y movimientos sociales concretos; con el fin de todas las formas de dependencia, explotación y subalternidad; y con el diálogo con diversas modalidades y espacios de saber. La elaboración de categorías, nociones y conceptos que permitieran captar la “especificidad global” de América Latina pasó así a estar más conectada con las luchas por la superación de los principales problemas históricos y sociales de la región.

El periodo comprendido entre las décadas de 1960 y 1980 es extremamente fértil en este sentido. A las discusiones previas sobre el anti-imperialismo, el socialismo indoamericano o el nacionalismo periférico, se suman nuevas teorizaciones sobre el colonialismo interno, la marginalidad, el desarrollo y la dependencia. De forma paralela, se produce una incesante búsqueda por patrones alternativos de producción de conocimientos que desafiaban las perspectivas centrales de la ciencia moderna e incluían experiencias distintas, tales como:

• movimientos sociales y organizaciones políticas que, en conexión con intelectuales e investigadores/as, produjeron importantes documentos de análisis de la realidad social y de la acción política;

• proyectos de investigadores externos a la universidad que, a través de su inserción en luchas sociales concretas, actuaron conjuntamente en la producción de conocimientos y de metodologías, con movimientos sociales y organizaciones políticas, como fue el caso de la experiencia de La Rosca y de Fals Borda en Colombia;

• trabajos de investigación colectiva realizaos por las pastorales y grupos vinculados a la Iglesia Católica progresista con movimientos populares en varias partes de la región;

• trabajos de formación política y de educción popular, desarrollado con movimientos sociales, sindicatos y colectividades en toda América Latina, muy influenciados por pensadores como Paulo Freire o Carlos Rodrigues Brandão, entre otros.

Estas experiencias y formas de producción de conocimiento son impulsadas en aquel momento por un fuerte compromiso de los académicos con la realidad política y social, bien como por una mayor apertura crítica de las universidades de la región que, con diferentes grados, actualizaron el espíritu de la Reforma de Córdoba, a partir de la demanda y la consecución de la autonomía universitaria, la extensión, la función social de la universidad y la solidaridad latinoamericana e internacionalista (Ribeiro, 1978). Esto contribuyó a un perfil de intelectualidad más militante o, al menos, sensible a las demandas sociales, que adquirió creciente protagonismo en un momento de imbricación entre la institucionalización de las ciencias sociales y su búsqueda de alineamientos con la sociedad, de forma general, y con el campo popular, de forma más particular.

Es en este contexto cuando emerge de forma sistemática y organizada la investigación militante, entendida como un espacio amplio de producción de conocimientos orientado para la acción transformadora, que articula activamente investigadores, comunidades organizadas, movimientos sociales y organizaciones políticas en espacios formales y no formales de enseñanza, investigación y extensión. Durante este período, es posible identificar en América Latina y en otras regiones del mundo una gran diversidad de configuraciones teóricas, metodológicas y prácticas de investigación militante, pertenecientes a varias matrices político-ideológicas y vinculadas a distintas experiencias sociales y configuraciones geográficas e históricas (Jaumont y Versiani, 2016).

Sin embargo, las dictaduras militares, primero, y la emergencia de las políticas neoliberales, después, reforzaron la mercantilización de la educación, la privatización de la enseñanza, la individualización y la tecnificación de la actividad intelectual, produciendo un cierto reflujo en el pensamiento crítico y creativo, teniendo en cuenta la bandera de la “despolitización de la actividad académica”. Eso no significa que la investigación militante desapareciera a partir de los 1990, como queda claro con experiencias hoy consolidadas que emergen precisamente en aquel momento como las vinculadas al Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil. Sin embargo, perdió el peso y la capilaridad que tenía antes y, sobre todo, pasó a ser objeto de acusaciones, fundadas o infundadas, de manipulación política, de parcialidad, de falta de respeto a las exigencias académicas, de idealizaciones de los actores colectivos y de reproducción acrítica de la voz de los movimientos sociales.

Se generó, por lo tanto, un cierto alejamiento entre el saber académico y el compromiso militante en América Latina, entre los actores y los autores, lo que redujo desde el período de las dictaduras hasta el cambio de siglo, la reflexión sobre las posibilidades y los límites de la producción de conocimiento socialmente comprometido y políticamente posicionado, bien como sobre la construcción de metodologías para viabilizar dichas investigaciones.

Desde el cambio de siglo el escenario cambia una vez más: una serie de insurgencias populares y de movilizaciones sociales, bien como el fortalecimiento de los movimientos sociales (no sólo internamente, sino también en su capacidad de generar redes y articulaciones sólidas a nivel regional y global), se vieron acompañadas por la emergencia de gobiernos progresistas y por una nueva crítica epistemológica en las ciencias sociales. Se produjeron nuevas propuestas de una sociología más pública (Bringel y Pleyers, 2015), bien como sinergias y actualizaciones de los vínculos entre el investigador/intelectual y el compromiso militante (Svampa, 2008), tanto dentro como fuera de las universidades. Hubo, además, por parte de los movimientos sociales, una creciente demanda por la democratización del acceso a la educación, por la socialización de los procesos de investigación, por la visibilización y organización del conocimiento indígena y ancestral, bien como una mayor presión por una contribución más efectiva de la universidad con la sociedad y con la realidad concreta. Las relaciones entre organizaciones, movimientos e instituciones se complejizaron y las experiencias de articulación entre teoría y práctica se multiplicaron, volviendo a traer a colación el debate sobre las potencialidades y los límites de la investigación militante en un contexto muy distinto al cual se había afianzado a mediados del siglo XX.

Frente a este telón de fondo, dos tendencias requieren cautela. En primer lugar, a pesar de la existencia de diversas experiencias relevantes de investigación militante en las últimas dos décadas en la región, éstas no necesariamente se preocuparon por recuperar las experiencias históricas, textos, investigadores y prácticas de producción fronteriza de conocimiento sobre/con/desde los movimientos sociales. Asimismo, siguen, en general, desarticuladas y fragmentadas, actuando muchas veces de forma aislada en lo que se refiere a la construcción de formas no-hegemónicas de producción de conocimiento. En segundo lugar, el descenso de algunos gobiernos progresistas y populares y el ascenso en los últimos años del conservadurismo en Latinoamérica ha abierto en varios países un escenario preocupante de mayor criminalización y represión a los movimientos sociales, bien como de retroceso en avances sociales alcanzados en las últimas décadas, incluso en las universidades. Como consecuencia, se puede vislumbrar un escenario de enormes dificultades en los próximos años para los movimientos populares y los espacios que producen investigación crítica orientada para la transformación y la emancipación.

Teniendo en cuenta este contexto histórico y el escenario latinoamericano contemporáneo, el presente Grupo de Trabajo, conformado por aproximadamente una treintena de investigadores de diez países diferentes, se propone tanto recuperar y reactualizar experiencias históricas de investigación militante y sus elaboraciones teórico-metodológicas como también realizar un mapeo y una sistematización de experiencias contemporáneas, muchas de ellas vinculadas a procesos colectivos en los cuales los miembros del grupo están involucrados. Esto significa que el grupo ya parte de un acumulo colectivo previo y emerge como una articulación de investigadores, redes formales e informales, activistas, proyectos de extensión y movimientos sociales de diferentes países de América Latina y el Caribe y de Europa, buscando generar una mayor unidad, agregación e inteligibilidad sobre la teoría y la praxis emancipatoria, bien como garantías para la continuidad de la tradición de investigación militante en la región.

Investigación acción, compromiso con el cambio social, pensamiento transformador, educación popular, educación para la emancipación, intelectualidad orgánica, investigación participativa. Muchos fueron los términos, las formas y las consignas para expresar el deseo de investigadores, profesores, profesionales e integrantes de los movimientos sociales en contribuir efectivamente para la transformación de la realidad social (Brandão, 1983; Fals Borda, 1973; Freire, 1973; Jara, 2013; Marx, 1933).

Estas contribuciones no fueron homogéneas ni tampoco adoptaron los mismos referenciales teórico-metodológicos. Según Fals Borda (2010), varias son las influencias teóricas que marcan las raíces de lo que él denominó, de forma pionera, como “investigación acción participativa”: el marxismo (Marx, Gramsci, Lukács), el anarquismo (Proudhon y Kropotkin), la psicología social (Lewin), la fenomenología (Husserl y Ortega) e, incluso, las teorías liberales de la participación (Rousseau, Owen, Mill).

Podríamos sumarle a ese cuadro más general, matrices político-ideológicas propias de América Latina y el Caribe que contribuyen enormemente a moldear el pensamiento crítico regional y a encuadrar histórica y teóricamente la investigación militante (Bringel, Maldonado y Versiani, 2016). Entre ellas, sobresalen como matrices fundamentales la indígena-comunitaria, la resistencia negra y antirracista, la emancipación colonial y el agrarismo. Todas ellas poseen una temporalidad secular y circular (en los términos puestos por Cusicanqui, 2010) que ha retroalimentado y sigue retroalimentando tanto las luchas concretas como las elaboraciones teóricas. Sin ellas, difícilmente podemos entender la relación entre cultura, naturaleza y territorio, la dinámica transnacional de las contestaciones, las diferentes significaciones y subjetividades vinculadas a la noción de “comunidad”, las formas de internalización de la ideológica racista, las diferentes propuestas de emancipación o el carácter del capitalismo en la región.

Esta diversidad de raíces teóricas y de matrices político-ideológicas influencia el carácter polifacético de la investigación militante y sus configuraciones teórico-prácticas, que dependen también del contexto de acción y de coordinadas espacio-temporales en las cuales las experiencias están insertas. Como consecuencia, la presente propuesta no entiende la investigación militante sólo como un “método” o una “herramienta”, como es habitual muchas veces en las ciencias sociales, sino como un continuum en relación al pensamiento crítico latinoamericano, a la vez que como un avance en lo que se refiere a la imbricación entre la teoría crítica y las acciones y articulaciones en el campo de las luchas sociales. Al producir conocimiento en conexión estrecha con las realidades societarias concretas y con los movimientos sociales, la investigación militante se consolida como campo específico y desarrolla, simultáneamente, reflexiones y actuaciones en las dimensiones teóricas, prácticas y metodológicas.

De acuerdo con el contexto expuesto en la sección anterior, la investigación militante tuvo su apogeo entre las décadas de 1960 y 1980. Autores como Fals Borda (1978, 1981) tienen el mérito de sumarle a las teorías y prácticas dispersas una preocupación por generar metodologías participativas, como forma de considerar de manera sistemática y pertinente el saber popular, enfrentándolo a los meta-relatos predominantes (liberalismo y desarrollismo) y al planteo hegemónico de ciencia y de conocimiento. En las disputas por el sentido de las ciencias sociales recién-institucionalizadas, se difunde ampliamente un movimiento intelectual de cuestionamiento al pensamiento científico hegemónico que se retroalimentaba de sucesos y procesos políticos que transcurrían en América Latina y el Caribe, a la vez que valorizaba las experiencias populares e insurgentes a través de procesos de investigación participativa.

El propio Fals Borda consideraba clave los años 1970 debido a la confluencia de una serie de elementos: 1) la aparición del denominado “Ejército de la Tierra” de la India que tomaba de tierras pacíficamente, conducido entre otros por un dirigente llamado Kaluram que sentó los principios de la investigación participativa; 2) la emergencia de la organización “La Rosca de Investigación y Acción Social” que cooperaba con campesinos e indígenas en su confrontación con el latifundio colombiano; 3) la experiencia de inmersión participativa de la antropóloga Marja Liisa Swantz en la aldea de Bunju de Tanzania; 4) lecturas clandestinas de Paulo Freire durante la dictadura brasileña y su exilio; 5) acciones críticas de intelectuales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); 6) esfuerzos transnacionales en Paris, México y Ginebra que convergen en publicaciones críticas como la revista “Aportes”, lecturas de conferencias del Foyer John Knox y en la casa editorial “Nuevo Tiempo”, sumado a la participación pública de integrantes de la escuela de Frankfurt, como Bottomore, Lefebvre y Hobsbawn; 7) la publicación de “Contra el método” de Feyerabend que aportó fuerza a los planteos de transformación sociopolítica de las sociedades al interrogar, desde la filosofía anarquista, la epistemología y las prácticas científicas (Tomassino et al., s/f).

En vez de romantizar este momento de oro de la investigación militante o, por el contrario, reducirlo al pasado, este Grupo de Trabajo pretende hacer un balance de este campo, actualizando su legado al contexto actual, bien como integrando las nuevas experiencias, inflexiones políticas y reflexiones teóricas, de tal forma a evaluar sus potencialidades y limitaciones. Se parte del presupuesto de que el actual “giro epistémico” de las ciencias sociales contemporáneas (Mignolo, 2002, entre muchos otros) es importante, pero insuficiente, dado que todavía se ubica en un plano demasiado genérico y abstracto, sin conectarse en mayor profundidad en su visión de los actores y de la realidad social con las experiencias, los diversos tipos de conocimientos y los movimientos (Bringel y Domingues, 2015). Se espera que la investigación militante, tal como definida aquí, pueda darle una mayor concretud y transversalidad a los llamados recientes de “diálogos de saberes” (Santos, 2002). Para ello, es importante establecer algunos elementos convergentes que conceden un horizonte común a este campo y que están presentes en las diferencias experiencias, sirviendo, por lo tanto, como ejes centrales para nuestro Grupo de Trabajo:

(1) imbricación entre la teoría y la práctica: designa la retroalimentación continua entre reflexiones críticas y acciones transformadoras. En los últimos años la teoría crítica parece haberse alejado cada vez más de las dinámicas sociales y experiencias concretas, volviéndose demasiado filosófico. Por otro lado, un giro empiricista y casuístico en las ciencias sociales ha llevado a la proliferación de importantes estudios sobre dimensiones ultra-específicas de lo social, pero con escasa capacidad de generalización y de innovación conceptual. Contra estas dos tenencias, la actualización de la investigación militante propuesta apuesta por una dimensión teórico-reflexiva que aumente la efectividad de las acciones y la potencia de las luchas, elaborando, a la vez, a partir de éstas, artefactos conceptuales y teóricos afines a la “especificidad global de la región” y a los procesos, saberes y vivencias aprehendidos.

(2) ruptura de la dicotomía entre sujeto y objeto de investigación: las experiencias latinoamericanas en el campo de la investigación militante suelen rechazar la dicotomía entre sujeto y objeto de investigación, buscando establecer dinámicas más horizontales con las colectividades, movimientos sociales y organizaciones políticas (Bringel, 2015). Se trata de un proceso que exige la democratización y la colectivización del proceso investigativo, incluyendo la elección del tema, el diseño de la investigación, los métodos y las herramientas utilizadas, las reflexiones, las acciones, los resultados e, incluso, las publicaciones u otras fórmulas de difusión del conocimiento.

(3) compromiso: las experiencias latinoamericanas en el campo de la investigación militante tienen como presupuesto el compromiso de los investigadores con los sectores populares, la transformación social y con el pueblo oprimido. Aunque se parta de matrices teórico-políticas distintas, bien como de estrategias metodológicas diversas, este elemento es clave para la generación de conocimientos y saberes vinculados al campo crítico y a la emancipación.

(4) superación del colonialismo intelectual y de la dependencia académica: la investigación militante estuvo conectada históricamente con esfuerzos sistemáticos de construcción de una mirada latinoamericana a través de la elaboración de marcos analíticos propios y de interpretaciones y recepciones creativas de las teorías críticas construidas a partir de las realidades e historias europeas y norteamericanas (Stavenhagen, 1971). Eso no supone un aislamiento de la región, sino todo lo contrario, la necesidad de construir una mirada global donde las relaciones Norte-Sur o centro-periferia sean contempladas en su complejidad (Beigel, 2010).

(5) procesualidad social e histórica: a pesar de trabajar también con coyunturas específicas, escenarios contingentes e intervenciones inmediatas en el corto plazo, la investigación militante adopta una visión espacial y socio-histórica más amplia en relación a los lugares, los sujetos y los fenómenos sociales. Para entenderlos en su complejidad se busca insertarlos en el tiempo y en el espacio, dentro del proceso histórico que articula los aspectos sociales, económicos, políticos, culturales y subjetivos.

(6) creatividad en los usos y formatos de métodos y técnicas de investigación: la investigación militante ha desarrollado creativamente a lo largo del tiempo una serie de dispositivos metodológicos afines a las teorías críticas y sensibles a los contextos intelectuales y políticos, tales como la inserción, el compromiso-acción, la sistematización de experiencias, las formas y prácticas de educación popular, la recuperación crítica de la historia y de las luchas populares, la devolución sistemática de conocimientos, la investigación colectiva, los diagnósticos y las técnicas participativas (Bonilla, Castillo, Fals Borda, Libreros, 1972).

A partir de estos elementos, la militancia emerge como el compromiso ético y político con el cambio social, motivo por el cual implica posiciones y actuaciones proactivas en varias esferas de la vida, incluyendo la inserción en espacios colectivos de articulación, discusión y movilización que permita visibilizar y potencializar luchas por una sociedad más justa e igualitaria. Se trata, sin embargo, de una posición y de una perspectiva compleja y muchas veces criticada, por lo cual es imprescindible matizar dos visiones principales.

Por un lado, en el ámbito académico, ha habido varios intentos por deslegitimar el término “militante” por su incapacidad de generar conocimiento afín a los patrones “científicos” y por su supuesta vinculación acrítica a organizaciones sociales y/o político-partidarias y a un sistema de pensamiento visto como dogmático. Por otro lado, el movimiento inverso también es recurrente, dado que la asunción del presupuesto de la neutralidad, la exterioridad y del objetivismo científico ha llevado a un descrédito de la investigación académica en el campo de la militancia, bien como en varias comunidades y territorios, puesto que es asociada a una lógica “extractiva” y “pasiva” de construcción de conocimiento, donde los sujetos son vistos como meros objetos y el conocimiento producido sobre ellos, difícilmente se basa en el diálogo y tampoco regresa a estos mismos sujetos.

Estas controversias exigen una discusión más compleja sobre las fronteras y las prácticas de la producción del conocimiento, la relación entre el investigador y la militancia y los significados diversos de la investigación orientada a la transformación. No se trata, desde luego, de pensar la investigación militante como una actitud de “intelectuales comprometidos”, como ya decía el Colectivo Situaciones de Argentina o de “intelectualizar las experiencias”, sino de asociar la praxis social a una dimensión reflexiva y crítica, donde las fronteras entre la investigación y las experiencias y prácticas sociales son vistas como puentes y no como muros. Dentro de esta lógica, la investigación militante gana centralidad y relevancia por su capacidad de generación de diálogos y colaboraciones entre la producción de conocimientos críticos y las colectividades organizadas, algo fundamental para la vivacidad del pensamiento crítico latinoamericano.

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